Work Text:
El aire en el gimnasio de la empresa era denso, cargado con el zumbido del aire acondicionado y el metálico chocar de los discos. Ocean y PeiEn habían decidido tomar un respiro. PeiEn se desplomó sobre un puf gris marengo que estaba en el suelo, estirando su cuerpo con un suspiro de alivio.
Ocean se acomodó en el sillón de al lado, pero su descanso fue puramente físico; su mente estaba a punto de estallar.
Desde su ángulo, el espejo de pared le devolvía una imagen peligrosa. PeiEn, con su contextura delgada pero fibrosa, vestía unos shorts tan holgados que, al abrir ligeramente las piernas para relajarse, revelaban el inicio de la cara interna de sus muslos. Era una franja de piel más clara, casi traslúcida, que contrastaba con el tono más bronceado de sus rodillas.
Ocean sintió un nudo en la garganta. La suavidad de esa zona era algo que conocía de memoria, y verla expuesta bajo las luces blancas del gimnasio le generaba una posesividad irracional.
—Después de esto, hay que pasar por Lele —comentó PeiEn, ajeno a la tormenta que desataba—. Tengo un hambre voraz. Podríamos buscar un jianbing o ese salteado de res con brócoli que tanto te gusta.
Ocean apenas asintió, atrapado en el silencio de su propia fijación. Su mirada seguía anclada en ese rincón de piel prohibida, tan clara y vulnerable, cuando el eco de unos pasos sobre el caucho y una voz llena de energía rompió el hechizo.
—¡Ey, chicos! —soltó Qiu, llegando hasta ellos mientras se pasaba la toalla por la nuca con gestos enérgicos—. ¿Cómo van con la rutina? ¿Tienen un espacio para que me una a su última serie de pierna?. Eliot me dejó solo, está allá obsesionado con el curl de bíceps y no hay quien lo saque de las pesas.
PeiEn, ajeno a la tormenta que crecía a su lado, le devolvió una sonrisa genuina.
—Claro, Qiu. Justo estábamos tomando un descanso, puedes unirte a nosotros —respondió, mientras hacía un pequeño esfuerzo por incorporarse.
Al moverse para acomodarse mejor en el puf grisáceo, los shorts de PeiEn se deslizaron un poco más por la suavidad de su muslo. Qiu, que esperaba una respuesta, bajó la mirada instintivamente para seguir el movimiento de PeiEn al sentarse. Fue un segundo, una desviación mínima de los ojos hacia esa zona pálida y expuesta, pero para Ocean, el tiempo pareció detenerse.
Esa mirada ajena sobre la piel que él consideraba suya fue como una declaración de guerra silenciosa.
Ocean se tensó visiblemente; sus hombros, ya inflados por el ejercicio, se endurecieron mientras su mandíbula se apretaba con fuerza. Dejó de ser el compañero de entrenamiento para convertirse en un depredador marcando territorio. Clavó sus ojos oscurecidos en su amigo, esperando a que Qiu volviera a subir la vista para encontrarse con su mirada gélida.
—Qiu —soltó Ocean, y su voz, baja y cargada de un frío secó, cortó la alegría del otro—. ¿Se te perdió algo ahí abajo o es que ya se te olvidó dónde deberías estar mirando?
Qiu se quedó helado. Al notar la advertencia implícita en la postura y las palabras de Ocean, que parecía un depredador protegiendo su territorio, en un segundo, el rubor se extendió desde su cuello hasta la punta de sus orejas, dándose cuenta que lo habían atrapado mirando donde no debía.
—Yo… ¡ah! No, es que… —balbuceó, retrocediendo un paso como si Ocean fuera a saltar sobre él en cualquier momento—. Acabo de recordar que Eliot me dijo que… que lo ayudara con el press de banca. Sí, ¡eso! ¡Nos vemos luego!
Sin esperar respuesta, Qiu giró sobre sus talones y salió casi trotando hacia la otra sección del gimnasio, tropezando ligeramente con sus propios pies en su afán por alejarse.
Ocean soltó un suspiro pesado. Sabía que PeiEn no tenía la culpa, su novio era simplemente… él. Pero esa silueta estilizada, con músculos definidos que se movían con una elegancia natural bajo la piel, era un imán que Ocean no quería compartir con nadie, ni siquiera con una mirada accidental de su mejor amigo.
—¿Qué fue todo eso? —preguntó PeiEn, arqueando una ceja y mirando alternativamente la espalda de Qiu y el rostro endurecido de Ocean—. Estás actuando raro, Jiang.
Ocean abrió la boca para inventar una excusa, pero la voz autoritaria del entrenador, resonando contra los espejos, cortó cualquier intento de explicación, devolviéndolos bruscamente a la realidad del entrenamiento.
—¡Se acabó el descanso! ¡Los 10 minutos han terminado! —anunció el entrenador, acercándose con el cronómetro en mano—. Dejen de charlar. Vamos, Jiang Heng, colócate frente a PeiEn para ayudarle de soporte. Necesito que cuides su postura en esta serie.
La rutina continuó, pero para Ocean cada minuto se sentía como una prueba de resistencia para sus nervios. Durante los Goblet Squats, Ocean se colocó justo frente a él, con las manos listas para corregir cualquier desvío en su postura. Sin embargo, su concentración flaqueaba: cada vez que PeiEn bajaba en una sentadilla profunda, la tela de sus shorts cedía ante la tensión de los músculos, subiéndose lo suficiente para exponer esa piel blanca y tersa que Ocean tanto ansiaba cubrir... o marcar.
Luego vinieron los estiramientos. PeiEn, buscando estabilidad para sus cuádriceps fatigados, apoyó ambas manos en los hombros de Ocean. El contacto fue eléctrico. Ocean podía sentir el calor irradiando del cuerpo de su novio, el olor limpio de su desodorante mezclado con el aroma más terrenal de la piel caliente por el ejercicio, y el roce accidental de sus muslos cuando PeiEn perdía el equilibrio por un segundo. Era demasiado para procesar.
Ocean se quedó estático, con la mirada perdida en el cuello de PeiEn, hasta que la voz de este lo trajo de vuelta, aunque sonaba un poco ahogada por el cansancio.
—¿Ocean? —PeiEn ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos mientras recuperaba el aliento—. Te estoy hablando... ¿Me estás prestando atención?
—¿Qué? —soltó Ocean, parpadeando con brusquedad, como si despertara de un trance.
—Que si estás aquí —insistió PeiEn con una pequeña sonrisa confusa, soltando sus hombros—. Te quedaste congelado. ¿Estás bien? Te ves... no sé, distraído.
—Estoy bien, estoy bien —mintió Ocean de inmediato. Se aclaró la garganta con fuerza, tratando de sacudirse la imagen de los muslos de su novio de la cabeza—. Solo... perdí la cuenta en la última serie. Me distraje.
Ocean evitó su mirada y recogió las pesas con una rapidez innecesaria.
—Apurémonos —añadió, su voz sonando más grave de lo normal—. Terminemos esto de una vez; quiero llegar al departamento pronto.
PeiEn lo observó un segundo más, notando la extraña urgencia en sus gestos y la rigidez de su espalda, pero estaba demasiado agotado para cuestionarlo. Simplemente asintió, se secó el sudor de la frente y volvió a concentrarse en la última parte del entrenamiento.
Al finalizar el entrenamiento, cuando el cansancio finalmente se asentó en sus extremidades, PeiEn fue el primero en dirigirse al área de vestidores. El gimnasio estaba casi vacío, y el eco de sus pasos lo acompañó hasta las duchas. Optó por una ducha rápida y templada; el agua golpeando sus hombros ayudó a disolver la tensión acumulada en sus músculos ligeramente adoloridos.
Se tomó un momento para apoyar la frente contra el azulejo frío, dejando que el vapor relajara sus poros. Al salir, se vistió con unos shorts limpios, casi idénticos a los que usó durante la rutina pero de una tela un poco más suave. La prenda, corta y de corte deportivo, volvía a acentuar la longitud de sus piernas y la firmeza de sus pantorrillas, dejando al descubierto, sin que él lo notara, las pequeñas marcas de presión que el roce del equipo de entrenamiento había dejado en su piel.
Salió al área principal con el cabello aún húmedo y esa aura de frescura.
Ocean fue el siguiente en entrar. Bajo el chorro de agua fría, apoyó ambas manos contra la pared de la ducha, dejando que el impacto del agua golpeara su nuca. Necesitaba apagar el fuego que PeiEn había encendido sin querer, pero cada vez que cerraba los ojos, la imagen de esos muslos pálidos regresaba con más fuerza. Se obligó a salir rápido, secándose con brusquedad y vistiéndose con movimientos mecánicos, con la mente ya puesta en lo que haría en cuanto estuvieran solos.
Al salir, encontró a PeiEn cerca de la zona de pesas libres, charlando con el entrenador mientras este último guardaba su equipo.
—Entonces, mañana nos enfocamos en el tren superior, ¿verdad? —preguntaba PeiEn con voz suave—. Siento que mis hombros necesitan más trabajo de resistencia.
—Exacto, mantendremos el volumen bajo pero aumentaremos la intensidad —respondió el entrenador, mientras recogía su maleta—. Por cierto, chicos, mi asistente tuvo una urgencia familiar y tuvo que salir corriendo. ¿Les molestaría cerrar el gimnasio hoy? Solo queda acomodar un par de colchonetas y asegurar la puerta principal.
—Claro, no te preocupes, nosotros nos encargamos —respondió Ocean con una sonrisa que no llegó a los ojos de PeiEn.
Cuando el entrenador se marchó, Eliot y Qiu se acercaron.
—¿Vienen con nosotros? —preguntó Eliot.
—Váyanse adelantando —dijo Ocean, su mano bajando “accidentalmente” para rozar la cintura de PeiEn—. Nos quedaremos a ordenar esto un momento.
Kipuka, que aún tenía las mejillas algo encendidas tras el encuentro anterior, captó de inmediato el brillo oscuro y dominante en los ojos de Ocean. No era tonto; sabía reconocer esa mirada de “no interrumpas mi territorio”. Miró a PeiEn con una mezcla de lástima fingida y diversión maliciosa.
—Bueno… mucha suerte, PeiEn —murmuró Qiu, dándole una palmadita en el hombro antes de que Eliot empezará a caminar—. Me da la impresión de que vas a terminar el día mucho más cansado de lo que habías planeado.
—¿Qué? ¿Qué quiso decir con eso? —preguntó PeiEn, frunciendo el ceño con genuina confusión mientras veía a sus amigos alejarse.
Ocean no respondió de inmediato. Esperó a escuchar el clic de la puerta principal cerrándose y el silencio absoluto del gimnasio antes de girarse hacia él.
—No le hagas caso —respondió Jiang Heng, y su voz bajó una octava, volviéndose sospechosamente grave y espesa—. Solo terminamos de “acomodar” esto rápido, Conejito.
Pasaron veinte minutos. El gimnasio estaba en absoluto silencio, solo roto por el eco de sus pasos. PeiEn estaba colocando la última pesa en el rack cuando sintió un tirón firme en su brazo.
—¿Qué sucede, Jiang? —preguntó tímidamente, encontrándose con la mirada intensa de Ocean.
Ocean no respondió de inmediato. Envolvió la cintura de PeiEn con sus manos grandes y fuertes, atrayéndolo hacia su cuerpo hasta que no quedó espacio entre ellos.
—¿Crees que soy tonto, Conejito? Me has estado provocando en todo el entrenamiento —le susurró al oído, su aliento caliente rozando la piel sensible.
—¡Ah!, No sé de qué hablas, Ocean… yo solo estaba entrenando —trató de defenderse PeiEn, aunque su corazón empezó a latir con fuerza contra el pecho de Ocean.
—Mientes. Te encanta tener mi atención sobre ti. Esos shorts… y la forma en que abriste las piernas frente a Qiu —las manos de Ocean descendieron con firmeza hacia sus glúteos, apretandolos—. ¿Querías que él también viera lo que es solo mío?, ¿querías provocarme?
—¡No! Ocean eso no es verdad, por favor detente, alguien podría entrar… —jadeó PeiEn, sintiendo cómo sus rodillas flaqueaban ante el tono seductor y posesivo de su novio.
—Nadie vendrá cariño. Estamos solos, y es hora de que entiendas que no soporto que pongas esas ideas en la cabeza de otros.
Sin darle tiempo a replicar, Ocean lo tomó de la nuca y lo besó con una ferocidad que le cortó el aliento. Fue un beso exigente, reclamando cada rincón de su boca, mordiendo su labio inferior con una urgencia que hizo que PeiEn soltara un gemido de sorpresa.
—Déjame recordarte Li PeiEn, quién es el único que puede tocarte y mirarte —sentenció Ocean.
Con un empujón controlado pero firme, lo hizo retroceder hasta que PeiEn cayó de espaldas sobre el mismo puf gris donde había empezado todo. Ocean se posicionó de inmediato sobre él, instalándose entre sus piernas abiertas, dominando por completo la silueta de su novio mientras volvía a atrapar sus labios en un beso que prometía que la verdadera rutina de ejercicios apenas estaba comenzando.
La iluminación blanca del gimnasio reflejaba en los espejos, creando una atmósfera que hacía que PeiEn se sintiera expuesto, casi desnudo bajo la mirada de su novio. Cuando Ocean bajó el beso hacia su cuello, succionando la piel con una urgencia que lo hizo estremecer, PeiEn apoyó sus manos en los hombros de su novio, intentando crear una distancia mínima.
—Ocean, espera… —susurró con la voz entrecortada—. Las luces… cualquiera podría asomarse por los cristales de la entrada. Por favor, vamos a casa.
Ocean se detuvo, pero no se alejó. Sus manos, firmes sobre los muslos de PeiEn, apretaron con una suavidad posesiva. Suspiró contra su piel, calmando su propia respiración para no asustarlo, y lo miró a los ojos con una ternura que contrastaba con el fuego que quemaba en sus pupilas.
—Nadie va a entrar, conejito. Cerré desde adentro —murmuró Ocean, acariciando su mejilla con el pulgar—. Pero si no quieres aquí, nos detenemos ahora mismo. Sabes que nunca te obligaría a nada.
PeiEn observó el rostro de Ocean: estaba febril, con la mandíbula tensa y el cabello ligeramente alborotado por el sudor y el roce. Ver a ese hombre tan imponente siendo tan cuidadoso con él hizo que el corazón de PeiEn se derritiera. Su resistencia comenzó a flaquear; el pudor seguía ahí, pero el deseo de complacerlo y de sentirlo cerca era mucho más fuerte.
—No es que no quiera… —admitió en un hilo de voz, relajando finalmente los hombros y dejando que sus manos subieran y acariciaban la nuca de Jiang Heng—. Es solo que… este lugar me pone nervioso.
Ocean sonrió de lado, una expresión cargada de una confianza pecaminosa. Se restregó lentamente contra él, permitiendo que PeiEn sintiera la dureza de su deseo a través de la tela de sus shorts. El contacto fue eléctrico.
—Entonces cierra los ojos, pequeño —le susurró Ocean al oído, su voz volviéndose más oscura, más cruda—. Olvídate de las luces. Solo siente cómo me tienes. Estás tan jodidamente caliente debajo de mí qué me estás volviendo loco.
PeiEn soltó un jadeo, su rostro encendiéndose no por la vergüenza, sino por la excitación que las palabras directas de Ocean le provocaba.
—¿Sientes eso? —continuó Ocean, moviendo sus caderas en un roce circular y pausado—. Así de duro me pones cada vez que te mueves por este gimnasio sin darte cuenta de lo que provocas. Me dan ganas de marcar cada centímetro de esa piel para que todos sepan a quién le perteneces cuando te miren.
La mano de Ocean baja esta vez deslizándose por su pierna.
—Tienes unas piernas preciosas, conejito… tan suaves, tan limpias. Me encanta cómo se ven abiertas para mí en este sillón. Se me hace agua la boca de solo pensar en cómo vas a temblar cuando te use como quiero.
PeiEn echó la cabeza hacia atrás, entregándose por completo a los movimientos de su novio. El lenguaje explícito de Ocean, lejos de ofender, actuaba como un combustible. El contraste entre el Ocean dulce del día a día y este hombre posesivo que le hablaba sin filtros en la privacidad del gimnasio vacío era irresistible.
—Ocean… —gimió PeiEn, enredando sus dedos en el cabello de su novio para atraerlo de nuevo a sus labios—. Cállate y… sigue. No te detengas.
Ocean soltó una risa baja, triunfal, antes de volver a devorar sus labios en un beso que sabía a victoria. Ya no había dudas, solo el sonido de sus respiraciones agitadas y el roce rítmico de sus cuerpos sobre el sillón gris.
La fría luz del gimnasio, lejos de ser un estorbo, se convirtió en su aliada; ahora servía para que Ocean no se perdiera ni un solo detalle de la rendición de su novio: el brillo del sudor en su cuello, el pulso acelerado en su garganta y el sonrojo que le recorría el pecho.
Sin romper el contacto de sus bocas, una de las manos de Ocean, grande y experta, descendió con una seguridad. Se deslizó bajo la tela de los shorts de PeiEn, buscando finalmente el contacto directo con esa piel que lo había estado provocando durante horas.
—Eso es, conejito… deja de pensar y solo siente —gruñó Ocean ahora contra su cuello, dejando un rastro de besos húmedos que descendían hacia la clavícula.
Sus dedos, moviéndose con una familiaridad posesiva, buscaron la apertura que PeiEn ya le ofrecía sin reservas. Al ingresar, Ocean soltó un gruñido de satisfacción pura; la calidez interna de su novio era abrumadora, un calor húmedo y palpitante que contrastaba con el aire fresco del gimnasio y que parecía envolver sus dedos en una bienvenida silenciosa.
—Dios, estás tan caliente aquí dentro —susurró Ocean, su voz vibrando contra la piel de PeiEn—. Me encanta cuando te pones así de sumiso, cuando admites con cada temblor de tu cuerpo que me necesitas tanto como yo a ti.
PeiEn soltó un jadeo largo, arqueando la espalda cuando sintió la plenitud de los dedos de Ocean invadiendo su espacio más íntimo, entregándose por completo al ritmo que su novio estaba por imponer. Ocean se separó apenas unos centímetros para observar el efecto de sus palabras.
PeiEn tenía los ojos entreabiertos, empañados por la lujuria, y sus labios, mordidos y rojos, buscaban desesperadamente los suyos.
Ocean bajó su otra mano hacia la entrepierna de PeiEn, rodeando su firmeza por encima de la ropa.
—Mira qué delicioso estás… —susurró Ocean, moviendo su mano con un ritmo lento y tortuoso—. Estás empapando la tela, pequeño. Te gusta que te hable así, ¿verdad? Te pone caliente que te diga lo mucho que deseo abrirte de piernas y darte lo que te falta.
PeiEn soltó un gemido agudo, arqueando la espalda.
—Ocean… por favor… no hables tanto y… ah…
—Voy a hablar todo lo que quiera mientras te hago mío —le interrumpió Ocean, su tono volviéndose más bajo y posesivo—. Quiero que te grabes mi voz en la cabeza para que, la próxima vez que estés aquí entrenando frente a los demás, recuerdes exactamente cómo te tengo ahora. Quiero que cada vez que sientas el roce de estos shorts, pienses en mis manos recorriendo tus muslos y en lo mucho que me gusta oírte gemir mi nombre.
Ocean comenzó a bajar los shorts y la ropa interior de PeiEn con una lentitud desesperante, exponiendo centímetro a centímetro esa piel bronceada y tersa que tanto lo había obsesionado. Cuando finalmente sus piernas quedaron libres, Ocean se tomó un momento para admirar la vista.
Bajo la luz del gimnasio, PeiEn parecía una obra de arte esculpida, sus músculos relajados pero definidos, y esa zona interna de los muslos, tan pálida y suave, invitándolo a todo.
—Mírate… —dijo Ocean con voz ronca, acariciando la parte interna de su rodilla y subiendo lentamente hasta la cadera—. Eres una maldita tentación, PeiEn. Tienes el cuerpo de un ángel pero me haces tener los pensamientos más sucios del mundo. Me dan ganas de dejarte lleno de marcas, de que mañana te duela un poco al caminar para que no olvides ni un segundo que eres mío.
Se inclinó una vez más contra él, esta vez con más fuerza, buscando el roce directo de sus cuerpos. El sonido de sus respiraciones, pesadas y rotas, se volvió lo único que llenaba el vasto y silencioso gimnasio.
—Abre más las piernas para mí, Conejito —ordenó Ocean. Su voz era un susurro de autoridad que no admitía réplicas—. Quiero ver qué tan expuesto y listo estás para que te destroce con cariño.
PeiEn, completamente perdido en el magnetismo de esa voz dominante, obedeció. Dejó que sus piernas largas y estilizadas se abrieran por completo sobre el puf, entregando a Ocean el acceso total a su intimidad. El brillo oscuro en los ojos de Ocean le advirtió que esa noche no habría piedad; de ese gimnasio no saldría siendo el mismo.
Ocean fijó su mirada en el contraste de su mano ruda y grande hundiéndose en la piel nívea de los muslos de PeiEn. El recuerdo de Qiu desviando la vista hacia esa zona regresó como un chispazo de adrenalina, encendiendo una posesividad que le quemaba las venas.
—Ese idiota de Qiu… —gruñó Ocean, su voz vibrando contra el pecho de su novio—. No tienes idea de las ganas que tuve de romperle la cara cuando se quedó embobado mirando lo que es mío. Pero voy a encargarme de que, si vuelve a atreverse, lo que vea le deje muy claro que no tiene ni una puta oportunidad contigo.
Con esa declaración de guerra, Ocean comenzó a descender, su lengua trazando un camino de fuego por el torso de PeiEn. Se detuvo en sus pezones, erguidos por el contraste del aire frío y el calor de la lujuria. Los tomó uno a uno, alternando entre succiones profundas que sacaban gemidos agudos de PeiEn y mordiscos posesivos, mientras su mano libre bajaba con rudeza para masajear la base de la hombría de PeiEn, rodeándolo con una firmeza que prometía más.
—¡Ah! Ocean… despacio… —jadeó PeiEn, arqueando la espalda violentamente. Sus dedos se enredaron con fuerza en el cabello oscuro de Ocean, tirando de él en una mezcla de súplica desesperada y entrega absoluta—. Me estás volviendo loco…
—Esa es la idea —respondió Ocean sin detenerse, bajando su boca hacia el ombligo con besos voraces—. Quiero que estés tan jodidamente loco por mí que no puedas ni cerrar las piernas cuando terminemos.
El cuerpo de PeiEn se retorcía bajo él, sus muslos temblando de pura anticipación. Cuando finalmente Ocean llegó a la entrepierna, se tomó su tiempo, disfrutando de la visión.
—Mírate, PeiEn… estás goteando para mí —susurró Ocean, su aliento caliente golpeando la piel sensible—. Voy a dejarte tan jodidamente exhausto.
Entonces, Ocean lo tomó en su boca. El contraste entre el calor húmedo de su cavidad bucal y el aire frío del gimnasio hizo que PeiEn soltara un grito ahogado que rebotó en los espejos vacíos. Ocean fue meticuloso, rítmico, usando su lengua para atormentar cada nervio, mientras sus manos se hundían con fuerza en la carne suave de los glúteos de PeiEn, atrayéndolo hacia sí con una voracidad animal.
PeiEn sentía que el mundo se desvanecía. El placer era tan agudo que sus piernas se tensaron alrededor de la cabeza de Ocean; por instinto, intentó cerrarlas para contener la intensidad, pero Ocean se lo impidió con un movimiento brusco de sus hombros, manteniéndolo abierto y expuesto. PeiEn apretó el cuero cabelludo de su novio con una fuerza que delataba su pérdida total de control. Estaba a punto de llegar al límite, con la pelvis espasmódica, cuando Ocean se detuvo abruptamente.
—¡No! Ocean... —gimió PeiEn, quedando suspendido en el vacío del orgasmo interrumpido.
Ocean se incorporó lo suficiente para separar las piernas de PeiEn con sus propias manos, acomodándose con firmeza justo entre esa “zona tierna” que tanto lo había provocado.
—Todavía no, pequeño conejito —dijo Ocean, con la mirada cargada de una intención depredadora que hizo que PeiEn se estremeciera—. Primero, voy a poner mi sello donde todos puedan verlo.
Se inclinó sobre la cara interna del muslo derecho, justo en esa franja de piel pálida y delicada. Primero la lamió con una lentitud tortuosa, saboreando la suavidad, y luego, sin previo aviso, succionó con fuerza, hundiendo sus dientes con cuidado pero con la firmeza suficiente para romper los capilares bajo la superficie
—¡Mmhg! —PeiEn soltó un quejido, una mezcla de dolor agudo y placer absoluto, mientras veía con los ojos empañados cómo la boca de Ocean trabajaba su piel con saña.
Ocean se alejó apenas unos centímetros para admirar su obra: un hematoma violáceo y profundo destacaba como una mancha de tinta sobre el lienzo blanco de su muslo. Satisfecho, repitió el proceso en la otra pierna, dejando marcas simétricas; mordiscos que gritaban propiedad a quien se atreviera a mirar.
—Ahora —susurró Ocean, volviendo a subir para lamer con parsimonia las marcas que acababa de crear, su tono dulce pero cargado de veneno—, si mañana en el entrenamiento se te sube el short un poco de más, Qiu va a saber exactamente qué estuvimos haciendo aquí mientras él se iba a casa. Va a ver que cada centímetro de este cuerpo me pertenece, y que soy el único que tiene el privilegio de morderte así de fuerte.
Pasó sus manos por la zona marcada, acariciando la piel inflamada con una ternura posesiva que hizo que PeiEn sollozara, rompiéndose emocionalmente ante la intensidad de Ocean.
—Estás te ves tan jodidamente bien con mis huellas encima. Ahora —Ocean se posicionó, su dureza presionando directamente contra la entrada de PeiEn mientras daba una embestida lenta que le sacó un gemido desgarrador—, prepárate, porque voy a terminar de reclamar lo que es mío.
La atmósfera en el gimnasio se volvió eléctrica, una burbuja de calor que hacía que el aire acondicionado fuera un recuerdo lejano. PeiEn, aunque todavía con las mejillas encendidas por el pudor, decidió que ya no quería ser un espectador pasivo. Con un movimiento fluido, rodeó el cuello de Ocean, atrayéndolo hacia abajo para un beso que ya no era una súplica, sino una demanda. Sus lenguas se encontraron en un baile húmedo, chocando sus dientes ocasionalmente mientras los gemidos morían en sus gargantas.
—Ocean… —jadeó PeiEn contra sus labios—, quítate esto ya. Quiero sentirte de verdad.
Con dedos temblorosos pero decididos, PeiEn subió la camiseta de Ocean, revelando los músculosos abdominales tensos y calientes. Ocean se incorporó lo suficiente para ayudarlo, deshaciéndose de sus prendas hasta que ambos quedaron completamente desnudos y expuestos bajo la luz clínica del lugar.
PeiEn no pudo evitar bajar la mirada. Ver a Ocean así, tan imponente y desbordante de deseo, lo dejó sin aliento. Era tan grande que PeiEn tuvo que pasar saliva con dificultad.
Extendió una mano y rodeó la dureza de su novio, sintiendo la fuerza latente. Quiso inclinarse para saborearlo, pero Ocean puso una mano en su pecho, frenándolo.
—Después, cariño… ahora necesito marcarte por dentro —susurró Ocean. PeiEn hizo un pequeño puchero de decepción que Ocean besó con una ternura casi dolorosa antes de volver a su tono oscuro—. No me mires así, sabes que te voy a dar lo que quieres.
PeiEn asintió y comenzó a mover su mano de arriba abajo, observando fijamente los ojos de Ocean, quien lo miraba con una mezcla de adoración pura y una contención que le hacía tensar la mandíbula.
—¿Te gusta así? —preguntó PeiEn en un susurro valiente.
—Sí… ah… lo haces de maravilla… — Ocean soltó un gruñido bajó, con la mandíbula tensa —. Tu pequeña mano contra mí me vuelve loco. Sigue así conejito, no dejes de mirarme mientras me ordeñas como la cosita deliciosa que eres.
Ocean no se quedó quieto. Mientras PeiEn lo masturbaba, él bajó sus propias manos para acariciar los hematomas de los muslos, disfrutando del rastro de su propia posesión antes de descender hacia la carne suave que custodiaba su entrada. Con una lentitud tortuosa, comenzó a tantear la zona rosada que palpitaba desesperada por su atención.
—Qué rico…ah… —soltó PeiEn, echando la cabeza hacia atrás mientras sus ojos se ponían en blanco.
—Sí, y lo mejor viene ahora. Estás tan listo para mí, ¿verdad? —Ocean se llevó dos dedos a la boca, humedeciéndolos con su propia saliva frente a los ojos de su novio, un gesto cargado de una lascivia cruda. Luego, sin apartar la mirada, los llevó hacia abajo nuevamente —. Vamos a prepararte bien, no quiero que te duela nada, solo quiero que sientas cómo te reclamo.
PeiEn soltó un jadeo roto cuando sintió el primer dedo entrar. Era una plenitud que lo hacía enloquecer. Para ayudar, PeiEn llevó sus propios dedos hacia su centro acariciando la zona, introduciendo su propio dedo con una determinación que dejó a Ocean sin aliento. Sus dedos se entrelazaron por un momento, uniendo sus ritmos en una danza de fluidos.
—M-maldita sea…— Ocean soltó un jadeo errático, con la frente apoyada en la de PeiEn.
Forzó la vista, empañada por la excitación, para ver cómo sus propios dedos y el de PeiEn trabajaban juntos, perdiéndose en esa calidez que parecía querer devorarlos. La imagen de PeiEn preparándose a sí mismo, con el rostro encendido y los ojos nublados, terminó por desarmar lo poco que quedaba de la cordura de Ocean.
—M-mírate, conejito... —la voz de Ocean se quebró en un hilo ronco—. Estás tan... joder... tan jodidamente listo que... qué me estás volviendo loco. No sé si voy a poder... si voy a poder contenerme… Este agujerito se ve tan hambriento, tan perfecto… está tan caliente que siento que me voy a derretir en cuanto entre.
Ocean, queriendo asegurar la lubricación total, se inclinó y dejó caer una cantidad generosa de saliva directamente sobre la entrada. La visión era hipnótica: su apertura rosada, brillando bajo las luces, contrayéndose como si estuviera llamando a Ocean a gritos.
-Mgh… Mmnh.
Para llevarlo al límite, Ocean volvió a bajar. Mientras sus dedos seguían abriéndolo con paciencia, su lengua encontró el centro de todo. Comenzó a lamer la entrada con pasadas largas, succionando con fuerza mientras sus dedos se movían en un ritmo frenético.
—¡Ah! ¡Ocean, para...! ¡Mgh, no... sigue, por favor! —el grito de PeiEn se quebró en un sollozo de pura euforia. Intentó articular una frase coherente, pero su mente era un caos de sensaciones blancas; solo pudo jadear palabras sucias y entrecortadas mientras su pelvis buscaba desesperadamente más de ese contacto pecaminoso—. Me vas a... me vas a deshacer... ¡Dámelo ya, maldita sea!
El gimnasio se llenó de ruidos húmedos, chasquidos de lubricación y jadeos pesados. PeiEn estaba al borde de la locura; sus piernas temblaban violentamente y sus dedos se enterraban en el cabello de Ocean con pura fuerza instintiva queriendo alejarlo, pero también manteniéndolo en su lugar.
Ocean se detuvo un segundo y subió para quedar cara a cara con él. Estaba sudado, con la mirada nublada por la posesividad, pero con una dulzura subyacente que solo reservaba para PeiEn.
—¿Así está bien, pequeño? —preguntó Ocean, su respiración chocando contra la de su novio—. ¿Te gusta que te trate como a mi puta personal en este gimnasio? Dime, ¿qué es lo que quieres?
PeiEn lo miró, sus ojos vidriosos y llenos de una lujuria que ya no intentaba ocultar. Su timidez habitual se había quemado en el fuego del momento.
—Sí… me encanta —respondió PeiEn, su voz ronca y sucia—. Quiero que me llenes de una vez, Ocean. Deja de jugar y fóllame… fóllame aquí mismo para que sepa que solo tú puedes hacerme esto.
Esa fue la señal que Ocean necesitaba. Se besaron una última vez, un beso que fue más una lucha de dientes y labios, marcándose mutuamente. El silencio del gimnasio era ahora el testigo mudo de una unión que iba mucho más allá del ejercicio físico; era el sello final de una propiedad que ambos aceptaban con fervor.
Ocean se posicionó, sintiendo el calor abrasador que emanaba de PeiEn, quien yacía debajo de él con las piernas completamente abiertas, mostrando con orgullo las marcas violáceas que Ocean acababa de estampar en su piel blanca.
—Mírame, PeiEn —ordenó Ocean con voz ronca, su mano grande apretando uno de los muslos marcados para mantenerlo en su lugar—. Quiero que veas exactamente quién te está haciendo esto.
Ocean se empujó hacia adelante con una lentitud tortuosa, permitiendo que ambos sintieran cada milímetro de su carne, la entrada de PeiEn cediendo ante su tamaño. PeiEn soltó un grito que se ahogó en un jadeo, su espalda arqueándose. Sus manos buscaron desesperadamente los hombros sudados de Ocean, clavando las uñas en su piel mientras sus ojos se abrían de par en par, empañados por las lágrimas del placer más puro y abrumador.
—¡Ah! Ocean… es… es demasiado… —gimió PeiEn, su cabeza golpeando rítmicamente contra el respaldo acolchado—. Estás tan… tan grande… me voy a romper…
—No te voy a romper, te voy a llenar —respondió Ocean, deteniéndose un momento para dejar que PeiEn se acostumbrara a la sensación de plenitud—. Estás tan apretado, maldita sea… me tienes como un nudo. Siente cómo te abres solo para mí.
Ocean comenzó a moverse, primero con estocadas cortas y calculadas, saboreando el modo en que las paredes internas de PeiEn lo envolvían y lo succionaban. El sonido de sus cuerpos chocando —un golpe húmedo y rítmico— llenaba el silencio del gimnasio, mezclados con los jadeos pesados.
PeiEn, con la mirada perdida en el techo iluminado, comenzó a mover sus caderas encontrándose con el ritmo de Ocean. Su timidez se había evaporado, reemplazada por una necesidad primitiva.
—Más… más fuerte, Ocean… —suplicó PeiEn, su voz quebrada—. No te detengas… lléname de verdad… enséñame que soy tuyo…
Esa petición fue el combustible final para la posesividad de Ocean. Sus estocadas se volvieron más rápidas y profundas, perdiendo toda la contención. Cada vez que Ocean se hundía en él, sus caderas golpeaban con fuerza los muslos de PeiEn, justo donde estaban las marcas de sus mordiscos, dejando un tono rojizo en la piel.
—Eso es, pequeño… grita para mí —gruñó Ocean, bajando para morderle el lóbulo de la oreja mientras se movía sin piedad—. Eres tan jodidamente bueno… nadie más va a tener esto, ¿entiendes? Nadie más va a oírte así de quebrado, nadie más va a sentir lo caliente y apretado que te pones cuando te uso. Eres mi conejito, mi puta propiedad… y te encanta que te lo diga mientras te clavo contra este sillón.
—¡Sí! ¡Soy tuyo! —gritó PeiEn, perdiendo el control mientras su propia mano trabajaba en su hombría con frenesí—. ¡Ocean, por favor! ¡No pares, sigue usándome así!
De repente, Ocean se detuvo, aunque sus ojos ardían. Con un movimiento brusco y potente, se levantó jalando a PeiEn consigo. Lo obligó a darse la vuelta, dejando que el pecho de PeiEn colapsara sobre el sofá acolchado, con el trasero al aire en una invitación desvergonzada. Ocean no esperó; soltó una nalgada sonora que dejó la huella de su mano roja en la piel pálida antes de volver a entrar de un solo empuje profundo.
—¡Ahhh! —PeiEn abrió la boca en un grito silencioso, mordiéndose sus propio brazo para no perder el sentido.
—Mírate desde aquí… —gruñó Ocean, sujetándolo de las caderas con fuerza bruta mientras reanudaba el bombeo—. Tienes el culo tan rojo y abierto para mí… ¿Te gusta que te trate como a una perra en calor, verdad? Di que eres mi puta, PeiEn. Dilo.
—Soy… soy tu puta, Ocean… ¡ah! ¡Más fuerte, por favor, métele más fuerte! —balbuceó PeiEn entre sollozos de placer, entregado totalmente a la humillación deliciosa de sus palabras.
—Así me gusta. Tan dócil y tan sucio para tu dueño —respondió Ocean, aumentando la velocidad al máximo.
Lo tomó de la nuca, obligándolo a girar un poco el rostro para besarlo mientras lo embestía sin piedad. Fue un beso sucio, con sabor a sal y deseo. Ocean sentía que estaba a punto de desbordarse. Con una última estocada que pareció tocar el alma de PeiEn, ambos llegaron al límite. PeiEn se tensó, sus piernas temblando mientras su semen manchaba el sofá y su propio pecho. Un segundo después, Ocean soltó un rugido bajo, vaciándose dentro de él con espasmos largos.
El silencio volvió al gimnasio. Ocean se desplomó sobre la espalda de su novio, escondiendo el rostro en su nuca, aspirando el aroma a sudor y sexo.
—Te amo, PeiEn —susurró Ocean, recuperando la dulzura y besando con ternura sus hombros—. Pero que no se te olvide… la próxima vez que te pongas esos shorts, recuerda que yo soy el único que sabe qué hay debajo.
PeiEn, con el rostro ladeado y los ojos brillantes de felicidad, se giró para abrazarlo de frente, hundiendo los dedos en su espalda.
—No podría olvidarlo aunque quisiera, Jiang… —respondió con una sonrisa débil y enamorada—. Nadie más me hace sentir así. Solo tú.
PeiEn soltó una risita suave y algo apenada al sentir la humedad del sofá bajo su cuerpo. Con un esfuerzo perezoso, trató de incorporarse un poco.
—Ahora, ayúdame a levantarme... —susurró, rozando su nariz con la de Ocean—. Tenemos que limpiar este desastre.
Ocean dejó escapar una risa baja y triunfal, dándole un último beso casto pero profundo antes de ponerse de pie. Con cuidado, tomó a PeiEn de las manos y tiró de él hacia arriba. En cuanto sus pies tocaron el suelo, las piernas de PeiEn flaquearon, sintiéndose literalmente como gelatina tras el esfuerzo y el placer.
Tuvo que sostenerse del pecho de Ocean para no tambalearse, pero la sonrisa que iluminó su rostro no dejó dudas: estaba completamente satisfecho.
Media hora después, el agua tibia de la ducha privada fue el escenario de un segundo asalto, más lento y pausado, donde los ruidos de los jadeos se mezclaban con el chapoteo del agua contra los azulejos. Ocean se encargó de lavar cada centímetro del cuerpo de PeiEn con una devoción casi religiosa, aunque sus manos no pudieron evitar volver a encender la chispa antes de salir finalmente del edificio, dejando el gimnasio sumido en un silencio cómplice.
Al día siguiente, el ambiente en el gimnasio de la empresa se sentía curiosamente distinto. PeiEn llegó con su habitual disciplina, aunque sus movimientos eran ligeramente más pausados, con una gracia lánguida que delataba el cansancio en sus músculos. Vestía unos shorts más ajustados, que marcaban sus piernas estilizadas, y una camiseta oscura que, aunque más cubierta, no pudo ocultar el “accidente” de la mañana: al estirarse para alcanzar una barra, el cuello de la prenda se deslizó, dejando ver una marca violácea y profunda en la base del hombro, como un tatuaje temporal de posesión.
Qiu, que estaba cerca ajustando sus guantes, lo vio. Sus ojos se abrieron como platos y su rostro se encendió en un rojo carmesí instantáneo. Soltó un ruidito ahogado, entre un jadeo y un chillido de emoción contenida.
—¿Estás bien, Qiu? —preguntó Eliot a su lado, ladeando la cabeza con esa curiosidad clásica suya, sin entender por qué su novio parecía estar a punto de sufrir un colapso.
—¡Sí! Solo… el aire está muy pesado hoy, ¿no crees? —balbuceó Qiu, apartando la mirada rápidamente, aunque su curiosidad pudo más.
Cuando PeiEn se sentó en una de las máquinas de prensa, el borde del short subió lo justo para revelar, por apenas un segundo, el borde de las marcas que Ocean había dejado en la cara interna de sus muslos. Eran manchas de un rojo oscuro, inconfundibles, que gritaban un nombre y una pertenencia. Qiu sintió un escalofrío; la tensión que emanaba de Ocean, quien observaba la escena desde el rack de pesas con una sonrisa de suficiencia y los brazos cruzados, era casi tangible.
Ocean no necesitaba decir nada; su mirada posesiva recorría a PeiEn como si estuviera volviendo a marcar cada zona en su mente.
PeiEn, sumergido en su música y en el conteo de sus repeticiones, era el único que parecía ignorar el rastro de deseo que dejaba a su paso. Sin embargo, cuando cruzó la mirada con Ocean, una pequeña sonrisa tímida y un brillo de complicidad iluminaron su rostro, confirmando que, aunque el gimnasio fuera un lugar compartido, su cuerpo y sus suspiros tenían un dueño absoluto.
La sesión terminó con el eco metálico de las pesas y una lección aprendida para los presentes: en ese gimnasio, la piel de Li PeiEn era territorio sagrado, y Ocean se había encargado de escribir el mapa de su propiedad con marcas que el tiempo tardaría en borrar, pero que la memoria de ambos guardaría para siempre.
Fin por ahora.
