Chapter Text
A Charlie no le gustaba hacer papeleo. Rellenar la misma información una y otra vez era tedioso pero necesario. Cada trimestre tenía que responder formularios sobre declaración patrimonial, facturas de pagos y donaciones para mantener en orden su proyecto.
Para estar en el Infierno, los procesos seguían siendo muy burocráticos y humanos.
Dejó escapar un gemido de frustración, leyendo una y otra vez el mismo párrafo sobre compartir cosas con su socio. Llevaba un buen rato sentada con el trasero adolorido y el cerebro frito. Además, se le estaba haciendo pesado al estar sola.
Descansar era un lujo que no podía darse en ese momento. Charlie se conocía bien. Si se distraía ahora, empezaría a hacer otras cosas y el papeleo volvería a acumularse en su escritorio. Y no quería una multa para el Hotel.
—Ugh, si no fuera por esos Ars Goetia… —se quejó Charlie pasándose las manos por el rostro.
La nobleza del Infierno era exasperante. Se tomaban la burocracia con una seriedad que rozaba lo fetichista. Al parecer, en el Infierno podías asesinar a alguien en plena calle y nadie parpadeaba, pero si había un error en la documentación era un crimen inaceptable.
—Tú elegiste el camino del bien —se susurró a sí misma. Charlie sintió la tentación de soltar un "¡Oye, soy la Princesa, firma el papel o llamo a mi papá!". No, eso sería tráfico de influencias—. Da el ejemplo, Charlie. Los pecadores no se reforman con nepotismo... aunque el nepotismo sea mucho más rápido.
Con la vista nublada por el cansancio, Charlie dio un cabeceo. La puerta se abrió detrás de ella y escuchó unos pasos acercándose, su cerebro ya en modo supervivencia, gritó "¡Vaggie! ¡Comida!". Sin embargo, no era Vaggie quien estaba parada a su lado. El olor a madera de cedro y sándalo inundó sus fosas nasales.
—Admito que tu entrega es admirable — la voz de Alastor interrumpió sus pensamientos. Ella tardó unos segundos en procesar que se trataba de su socio y él continuó—, pero te ves un poco marchita. —¿Necesitas ayuda con esos formularios? Te ves agotada.
Charlie levantó la cabeza de golpe. Alastor estaba de pie junto a su escritorio, apoyado con ambas manos sobre su bastón, sonriendo ampliamente como siempre.
—¿Eh? —Charlie esperaba no tener baba en la comisura de sus labios, así que discretamente se pasó la mano por la boca—. Ah, sí... gracias por ayudarme. —murmuró Charlie, tratando de recomponerse.
Alastor arrastró una de las sillas para ponerla junto a la de Charlie y tomó asiento a su lado. Tenerlo a escasos centímetros la puso nerviosa, con el corazón martillando contra su caja torácica. El Demonio de la Radio era, por definición, un ser que disfruta de invadir el espacio personal de los demás para incomodarlos. Sin embargo, él no dejaba que nadie lo tocara.
Pero con Charlie, las reglas se sentían... borrosas.
Con mano temblorosa, Charlie extendió los formularios en su dirección y él los tomó, rozando su mano deliberadamente, para echar un vistazo. Alastor comenzó a revisar los documentos con esa sonrisa inamovible, pero sus orejas se movieron apenas un milímetro hacia ella. A Charlie siempre le sorprendía la seriedad con la que se tomaba su papel de socio.
—Me sorprende que estes haciendo el papeleo sola, querida —Alastor se ajustó el monóculo—, ¿Dónde está la encantadora Vagatha? ¿Finalmente ha entendido que hay asuntos en los que solo estorba? —preguntó, aunque el tono delataba que no era, ni de lejos, un cumplido.
—No seas malo con ella. Vaggie está haciendo sus rondas —Charlie soltó una risita suave y ladeó la cabeza hacia él— y estos certificados de copropiedad no se van a llenar solos. Además, la parte administrativa es mi trabajo. Buenotécnicamente también el tuyo.
—En eso tienes razón —respondió Alastor. Tomó una de las plumas del portalápiz y la hizo rodar entre sus dedos—. Además, sabes que disfruto de un poco de orden dentro de este delicioso desastre que llamas administración y más si es en tu compañía.
El comentario hizo que sus mejillas se calentaran. Mientras Alastor seguía con los formularios, ella se permitió observarlo discretamente. Verlo tan concentrado le resultó… atractivo.
Siguió con la mirada la línea afilada de su mandíbula, que se movía apenas un poco cada vez que él tarareaba algo entre dientes.
¿Qué se sentiría tocarlo?, pensó Charlie, y el calor se extendió por todo su cuerpo. Se mordió el labio con fuerza y regresó la vista al papel de golpe, pero el daño ya estaba hecho: Alastor lo había notado.
—¿Te distrae algo, querida? —la voz de él bajó un octavo, volviéndose más profunda—. Te has quedado muy callada.
—¡No! Solo... el cansancio —mintió ella, apretando las piernas bajo la mesa.
Intentó concentrarse, pero cada vez que sus hombros se rozaban, sentía una descarga eléctrica que la hacía saltar internamente. Alastor no se apartó; al contrario, pareció acomodarse más cerca, permitiendo que ese contacto casual se prolongara.
—Falta este —Charlie le extendió un último documento a Alastor. Su uña señaló una línea del documento que faltaba por verificar —Es la sección de “responsables solidarios” —explicó ella—. Dice que para que el Hotel reciba la exención de impuesto de la Ciudad Pentagrama, los directores principales deben declarar que su sociedad es permanente y vinculante.
—Suena a terminología legal aburrida —comentó Alastor, leyendo rápidamente las cláusulas—. Básicamente dice que compartiremos activos, deudas y representación legal. Nada que no hagamos ya, ¿cierto?
—Exacto. ¡Es formalizar lo que ya somos! —exclamó con más entusiasmo del que debería. Después, se detuvo en seco, dándose cuenta de cómo sonaba eso— ¡O sea, socios! ¡Compañeros de trabajo! ¡Amigos que gestionan un hotel!
—Por supuesto, querida —Alastor soltó una risita divertida ante el nerviosismo de su socia— Simples… colaboradores.
Le entregó la pluma. Sus dedos volvieron a rozarse, pero esta vez la sonrisa de Alastor flaqueó un instante antes de ensancharse de forma casi grotesca. Charlie, sintiéndose repentinamente observada, se apresuró a firmar en el espacio de la “Parte A”. Su rúbrica, llena de trazos redondos y corazones en lugar de puntos, contrastaba casi cómicamente con la de Alastor. Él firmó en la “Parte B” con una caligrafía cursiva, afilada y elegante, que parecía querer cortar el papel.
—Listo. Un trato más para la colección —comentó él, pero su voz se cortó cuando el papel comenzó a vibrar. Charlie frunció el ceño. Ningún documento debería hacer eso. Estuvo a punto de preguntarle a Alastor si sabía que estaba pasando, pero los ojos de ambos se abrieron de par en par mientras las letras cambiaban de forma frente a ellos.
Lo que decía “Formulario 666-B” se transformó para leerse: “ACTA DE MATRIMONIO CIVIL E IRREVOCABLE”.
—¡Pero qué...! —Charlie tomó el papel con ambas manos, tan cerca de su cara que sus ojos casi se cruzaron—. Alastor, creo que el cansancio me está haciendo alucinar, porque acabo de leer tu nombre... justo encima de la palabra "Esposo". En letras doradas.
Alastor soltó la pluma. Un sonido de disco rayado resonó en toda la habitación. Le quitó el documento de las manos para leer el mismo y luego la pequeña nota a pie de página que había aparecido:
“En el Círculo del Orgullo, cualquier declaración de unión permanente entre un miembro de la realeza y un Overlord se procesa automáticamente como un matrimonio para evitar fraude de herencia”.
Para rematar el asunto, el sello real de Lucifer apareció de la nada en el aire, envuelto en llamas doradas, y se estampó en el centro del documento con un estruendoso sonido de trompetas que sonaban sospechosamente al cuac de un patito.
El silencio que siguió al sonido del patito fue sepulcral. Alastor parpadeó, mirando el sello real con incredulidad, y de repente su risa estalló, distorsionada por estática de radio de baja frecuencia.
—¡Ja ja! —Alastor se inclinó hacia Charlie, invadiendo su espacio personal— ¿Así que esta es tu pequeña revancha por el favor que te pedí en aquella ocasión? ¡Usar la burocracia para intentar darme la vuelta al trato! Debo decir que es un contraataque de lo más ingenioso, querida. Casi me convences de que realmente soy tu "esposo".
Charlie sabía que no era ninguna broma que ella hubiera preparado. No sabía hacer bromas de ese tipo. ¿Por qué le haría algo así a Alastor? O sea, sí, le gustaba el demonio, ¡Pero no para casarse con él!
¿O sí?
¡No!
—¡Alastor, sabes perfectamente que yo no hago bromas de este tipo! No sé manipular documentos y, sinceramente, ¡soy demasiado torpe para engañar a alguien, y mucho menos a ti! —chilló ella. Se hundió en su silla, escondiendo su rostro entre sus manos.
Alastor dejó de reír gradualmente. El sonido de las risas grabadas se fue distorsionando hasta convertirse en un siseo estático, como una radio perdiendo la señal. Observó a Charlie. Sus manos temblaban de forma genuina, con las mejillas encendidas y los ojos húmedos por el agobio.
La sonrisa de Alastor no desapareció —nunca lo hacía—, pero sus ojos se entrecerraron, perdiendo ese brillo burlón. Tomó el documento de nuevo, esta vez con una lentitud casi ceremonial.
—Oh... —murmuró—. Así que realmente no fue una broma de tu parte.
Acercó el papel a su monóculo, examinando el sello. Era real, muy auténtico. De pronto, cayó en cuenta de que acaba de quedar encadenado a la heredera del trono por un formulario malicioso. Alzó la vista a la palabra que empezaba a repetirse en su mente.
Esposo.
Cualquier otro demonio vería esto como el golpe maestro, la oportunidad de oro para devorar el Infierno desde adentro. Y Alastor, por definición, era un oportunista. No obstante, mientras observaba a Charlie, su ambición se sintió como una interferencia molesta. No quería "poseer" a la princesa a través de un error administrativo.
Charlie, por su parte, tomó aire de forma entrecortada. Sus ojos se desviaron hacia el reloj de la pared; el segundero avanzaba implacable. Para entonces, la Mensajería Real ya debía haber dejado una copia idéntica del acta en el escritorio de su padre.
Su padre. Mierda.
—Mi padre... —susurró ella, palideciendo aún más—. La Mensajería Real es instantánea con los documentos sellados. Alastor, él ya lo sabe.
—Calma, querida. Con suerte, tu progenitor estará ocupado haciendo patitos de goma y no revisará el correo hasta que se le pase la depresión y ambos sabemos que eso no será pronto.
—¡Pero se va a enterar! —Charlie se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro, gesticulando frenéticamente—. Es cuestión de tiempo, Alastor. Si no lee el papel, vendrá de visita, o alguien se lo soltará en una cena. ¡No puedo decirle que me casé con mi socio por no leer la letra pequeña!
Alastor la siguió con la mirada, divertido, mientras se apoyaba en su micrófono.
—¿Y qué es lo peor que podría pasar? —preguntó él con un tono casual—. ¿Un berrinche digno de un niño de cinco años? ¿O acaso temes que se presente aquí para darnos un sermón?
—¡Mucho peor! —Charlie se detuvo en seco frente a él, imitándole la voz a su padre—¡Charlie! ¡Te dije que nada de tratos con demonios! ¡Y menos con este botones! ¡Pudiste casarte con alguien... no sé, menos peludo!».
Alastor alzó una ceja, llevándose una mano a sus orejas de ciervo con fingida ofensa.
—¿"Peludo"? —repitió, ladeando el rostro— Charlie, no sabía que me estabas espiando.
—¡N-no te estaba espiando! — Charlie se puso roja, cubriéndose la cara con las manos, aunque dejó un pequeño hueco entre sus dedos.
—¿Acaso dedicabas tus ratos libres a analizar mi anatomía, querida? —se burló él, inclinándose hacia ella hasta invadir su espacio personal.
—¡Alastor, para! ¡Esto es serio! —chilló ella, aunque no pudo evitar soltar una risita nerviosa que la traicionó por completo— Hay que solucionar esto. Ya—murmuró ella, empezando a hiperventilar—. Necesitamos una anulación exprés, un abogado, ¡Lo que sea!
—¿Por qué la prisa, querida? —preguntó él, ensanchando su sonrisa mientras disfrutaba del delicioso malestar de Charlie.
—Porque a mí me va a meter a un convento —dramatizó ella, agitando los brazos—¡Y a ti te va a convertir en una alfombra para la entrada!
Mientras ella enumeraba soluciones entre balbuceos, Alastor tomó el acta. Con una precisión quirúrgica, la dobló en cuatro y la deslizó con en el bolsillo interior de su levita.
—¡Eso no puede quedarse en tu bolsillo! —chilló Charlie, estirando las manos hacia su pecho—. ¡Es evidencia de un... de un crimen administrativo!
—Tranquila querida, es un contrato. Y los contratos no se tiran a la basura —Alastor se dio un toque suave en el pecho, justo donde descansaba el papel, y su sonrisa recuperó ese filo peligroso que la hacía temblar.
—¡Dame eso, Alastor! ¡Hay que quemarlo, enterrarlo o dárselo de comer a Fat Nuggets! — Charlie intentó abalanzarse para quitárselo, pero Alastor atrapó sus muñecas antes de que sus dedos siquiera rozaran la tela de su ropa.
Con un tirón firme y experto, la atrajo hacia él, obligándola a inclinarse sobre el escritorio hasta que sus respiraciones se mezclaron en el pequeño espacio que los separaba.
—Qué impaciencia, Charlie. Apenas llevamos tres minutos de casados y ya estás intentando registrar mis bolsillos —bromeó él, y el zumbido de su radio soltó una nota baja y vibrante—. Pensé que las princesas eran más sutiles en sus... noches de bodas.
—¡N-no hay ninguna noche de bodas! —balbuceó Charlie, aunque no hizo el menor esfuerzo por zafarse del agarre de Alastor. Sus pies apenas tocaban el suelo y la cercanía del demonio la hacía sentir una extraña mezcla de vértigo y euforia.
—¿Por qué no? —Alastor redujo la distancia, eliminando el último centímetro de espacio personal. —Somos esposos.
—¡Es que no puedo ser tu esposa! —insistió ella, aunque su voz sonó más como un ruego que como una protesta. Sus ojos bajaron traicioneramente hacia los labios de él, que permanecían fijos en esa sonrisa eterna—. No estamos enamorados, ni siquiera... ni siquiera hemos tenido una cita.
—Oh, Charlie, siempre tan apegada a las tradiciones —ronroneó él. —Nunca es tarde para empezar. Después de todo, ahora tenemos toda una eternidad para... conocernos más a fondo. ¿No es eso lo que dice el acta?
A Charlie se le aflojaron las piernas con un suspiro tembloroso. Estaba a un paso de perderse en su mirada, con el pulso martilleando en sus oídos, esperando un movimiento que nunca llegó.
De repente, el agarre en su muñeca desapareció. Alastor dio un paso atrás con una elegancia y dejándola tambaleante contra el escritorio. Se ajustó la levita, palmeó el bolsillo donde el documento descansaba a buen recaudo y le dedicó una última inclinación de cabeza.
—Descansa querida —dijo recuperando su tono jovial—. Mañana solucionaremos los detalles.
—Alastor, espera, yo...
—Buenas noches, esposa mía —sentenció él con un brillo burlón en los ojos.
Antes de que Charlie pudiera formular una réplica, Alastor se fundió con las sombras de la oficina. Charlie se quedó allí, sola, con las mejillas ardiendo y la sospecha de que, aunque el matrimonio había sido un accidente, Alastor no tenía ninguna intención de dejarla ir.
